domingo, 14 de julio de 2019

El cartero de Matambú


Mientras estaba en el colegio de Hojancha, Ezequiel repartía, a pie, las cartas de su comunidad de manera voluntaria. Era un chiquillo que recorría a veces los polvazales, a veces los barriales de la parte montañosa de la bajura guanacasteca.

Era también la época cuando la gente se comunicaba a través primero de una intención de sentarse a escribir (¡Y todo lo que eso implicaba!): el lápiz, el papel y luego, el tiempo que mediaba entre el envío y la entrega, sin olvidarse de la ansiedad de recibir o no una respuesta.
Se sintió envalentonado para pedir trabajo formalmente en la oficina de correo de Nicoya, luego de terminar la secundaria. Se lo dieron. Quiso entonces, subir de categoría y pasar de cartero a oficinista. Su jefe de entonces tardó en decirle que sí pero lo desarraigó de Guanacaste, y lo mandó a San José de donde regresó convertido en jefe del correo.
Ya pensionado, quedan esos recuerdos pero su espíritu de conectar voluntades entre las personas, está presente más que nunca.
Se enfocó en su historia como indígena del Pueblo Chorotega. Y en su “Pedacito de cielo” (como se llama el proyecto turístico familiar), ahora difunde el orgullo y el conocimiento ancestrales.
Ezequiel cuenta su vida en frente de mis estudiantes puntarenenses de turismo de la Universidad Técnica Nacional.

En medio del bosque reconoce a un toledo, habla con propiedad de la ceiba barrigona, sabe moldear el barro para hacer vasijas y también le hace caso a Gladys, su esposa, al animarse a hablar de sí mismo para contar su historia de superación.
Sus narraciones motivan a estos futuros profesionales para que vean en los Pueblos Indígenas, un potencial para promover el turismo cultural, eso sí, de la mano con las mismas comunidades rurales y en constante, diálogo con la gente, algo que Ezequiel Aguirre práctica desde jovencillo.


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